Stolz, en su día de gloria

Blancas: Rc1, Td1, Th1, Ab2, Dc2, Ce2, Ae4, Cd5; peones en a2, b3, c4, d4, f2, g3 y h2.

Negras: Ta8, Ac8, Dd8, Tf8, Rh8, Ae7, Cc6, Ch5; peones en a7, b7, c7, d6, g6, h7 y f3.

Los programas de ajedrez que calculan millones de jugadas por segundo pueden convertirse en una especie de tribunales de la Inquisición que dictaminan si una partida supuestamente inmortal se basó en una combinación incorrecta, por muy brillante que fuera. En realidad, el hecho de que el hallazgo de tal refutación pueda anular la inmortalidad ya es discutible, porque la belleza sigue ahí, aun sin respaldo científico. Pero si la partida en cuestión supera además esa prueba tan exigente, los aplausos se hacen eternos, como ocurre con la joya glosada en este vídeo, creada en el día de mayor gloria del autor.

El sueco Gösta Stolz (1904-1963) fue un jugador duro, y asiduo a torneos de élite que se jugaban en países cercanos al suyo, al que defendió en nueve Olimpiadas de Ajedrez con buenos resultados. Pero nunca perteneció a la primera fila mundial, lo que le provocó graves penurias económicas, como reflejó la revista Tidskrift för Schack en 1992: “A lo largo de su carrera, Gösta sufrió enfermedades y problemas financieros. Se vio obligado a empeñar las placas de los tres Campeonatos de Suecia que ganó (…), así como el trofeo del Campeonato de Europa, una pieza de medio metro y de gran valor, hecha de plata y mármol”. Su hijo, Sune, logró recuperar las placas muchos años después.

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