Para quedarse boquiabierto

Posición inicial:

Blancas: Ta1, Td1, Rg1, De2, Ad3, Cf3, Af4; peones en a2, b2, f2, g2, h2 y d5.

Negras: Ta8, Te8, Rg8, Ab7, Cd7, Ae7; peones en a7, b4, c5, f7, g7 y h7.

Si nos limitamos a definir la partida que glosa este vídeo (Szabo-Kottnauer, Polonia 1950) como un modélico ataque al rey con sacrificio de pieza, muchos pensarían, con razón, que abundan las partidas así en la dilatada historia del ajedrez. Pero eso sería muy inapropiado porque hay una causa extraordinaria que la convierte en inmortal: una sorprendente jugada de belleza excepcional, una de esas que el aficionado nunca olvida.

A veces, quien firma una joya así es un jugador de segunda fila que tuvo ese día de gloria. Pero no es el caso: Lazslo Szabo (1917-1998) estuvo en la élite y ganó muchos torneos, además de ser el mejor de Hungría durante dos decenios. Todo ello, a pesar de que en su vida novelesca hubo mucho más que ajedrez.

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