Flohr, héroe nacional exiliado

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Cuando EL PAÍS pregunta a grandes maestros judíos por qué la élite del ajedrez está repleta de ellos a lo largo de la historia, la respuesta va casi siempre en la misma dirección: el ajedrez se puede practicar casi a escondidas, en cualquier rincón de cualquier país, estimula mucho el intelecto sin necesidad de llamar la atención, y también es una válvula de escape para un pueblo perseguido con enorme crueldad a lo largo de los siglos. Salo Flohr (1908-1983) es un claro ejemplo de todo ello; este vídeo glosa una de sus partidas más brillantes, frente a Lisitsin, en el torneo de Moscú de 1935.

De niño perdió a sus padres durante una masacre de la Primera Guerra Mundial en Horodenka (entonces Austria-Hungría, hoy Ucrania). Logró escapar a Praga y vivir del ajedrez con apuestas en los cafés, donde pronto ganó prestigio. Su ascenso le llevó a ser el 2º del mundo en 1935 -aunque claramente inferior a Aliojin-, con grandes éxitos individuales y una fama de casi invencible cuando jugaba en la selección de Checoslovaquia. Pero la Segunda Guerra Mundial truncó su carrera. Logró refugio (gracias al futuro campeón Botvínik) y se convirtió en periodista en la URSS, un infierno para muchos, un oasis para él.